Llevo dentro
de mi puesto el paisaje,
herido por la piel de la distancia,
un encuentro de verdes y de azules
envueltos en el canto de mi raza...
Ando en la
vena cósmica del río,
mi poema, marrón, repta en el agua
subo a encender la luna cada noche
con el leño floral de mi guitarra.
Voy hundiendo
en la arena la semilla
de esta agraria costumbre que levanta
los pueblos vegetales, los caminos,
llevadores de luces para el alba.
Soy a veces de
versos por la siesta
una recua de duendes y fantasmas,
pierde la urgencia trémula de viento
mi sauce tomador de sombras largas.
Suelo volverme
pan cuando prohíben
que el hambre-niño tenga su migaja
por el ruin que trafica la inocencia
y la obscena moneda con que paga.
Otras veces me
apuntan, gris, al pecho
los hierros y cementos, su metralla,
y caigo fusilado con mis muertos
rebeldemente en vida hacia el mañana.
Ando sin más
escudo que mi cuero
hacedor de los puentes y comarcas,
no madura todavía mi silencio
su destino de fruta en la palabra.
Soy camino
plural hacia “lo siempre”
comprador de una paz imaginaria,
el que limpia la lluvia descreída,
por no verla volver contaminada.
Nada me da en
la sangre más que el hombre,
su profundo mirar que no ve nada,
cuando se agote el tiempo inagotable
que una rima de amor le salve el alma.