(meditando en voz alta)
El vino
y el chamamé comparten a mi modesto entender algunas
características que los hacen pasionalmente humanos y
embriagadores: carácter, personalidad, notas, matices,
pero por sobre todo, la capacidad de despertarnos
emociones profundas muy difíciles de describir o contar.
Algunas
veces me han preguntado ¿cuál es el mejor?. Y aunque
insistentemente busqué la respuesta por mucho tiempo y
pasé muchas noches comparando nunca llegué a una
conclusión del tema.
¿Será
que no hay un mejor vino o un mejor chamamé?... ¿Pero
cómo? ¿Y qué hay de la selección de las cepas, del
cuidado de la planta, de la cosecha, del trasegado, de
la crianza en roble, de la estiba, del añejamiento…? Si
si algo hay pero así mismo con todo eso no nos
aseguramos un vino que nos guste por más cuidado y
dedicación que le pongamos. ¿Acaso con el chamamé pase
lo mismo?.
Una
tardecita mientras meditaba tratando de resolver el
acertijo, escuchando a uno de los dúos más refinados de
Corrientes y disfrutando de uno de los vinos más
complejos e interesantes de Mendoza se me ocurrió
cruzarme a una finca y preguntarle a un contratista
(trabajador de la viña) cuál era el mejor vino.
Luego de
intercambiar algunas palabras con el hombre lo encaré
decidido a develar finalmente el misterio: Digame
compadre, usted que ve nacer prácticamente al vino ¿Cuál
es para Ud. el mejor vino?. El hombre sonrió y me hizo
señas que lo acompañara a una esquina de la viña, donde
pasaba la acequia (cuneta por donde se lleva el agua de
deshielo para regar la viña) y allí, de una bolsa semi
sumergida extrajo un poco de vino de una botella que a
las claras mostraba haber sido trasvasada de damajuana
tal vez y agregándole un poco de soda que tenía allí
también en el fresco me lo extendió respondiendo: este…
Este es el mejor vino que usted va a tomar porque es el
vino que tomamos nosotros, los que plantamos la viña y
después lo cosechamos, lo pisamos y nosotros mismos lo
hacemos… Es puro jugo de uva, acá no hay máquinas ni
químicos, solo uva y trabajo señor… Y un poquito de soda
porque hay que seguir trabajando y con esta calor se
pone áspero pa’ tomarlo puro.
Contrariamente a todo lo que he leído, estudiado y
escuchado sobre el vino decidí hacer un esfuerzo como
para no quedar mal y probé un sorbo de esa mezcla casi
insolente para algunos “puristas” del tema y saben qué…
No se si sería el momento, el lugar, la amabilidad del
hombre, el clima, no se qué pero fue uno de los vinos
más ricos que hé probado en mi vida.
Esa
noche, al volver, me puse a buscar viejas grabaciones de
Emilio Chamorro, Mauricio Valenzuela y hasta de Agustín
Magaldi… ¿Cómo? Si claro que Magaldi cantó un chamamé y
si escuchan a Magaldi – Noda tal vez se den cuenta de la
influencia que tuvo ese maravilloso dúo en uno de los
tantos estilos de cantar del Litoral, digo Litoral entre
comillas porque el Litoral Argentino va desde Tierra del
Fuego hasta la Mesopotamia pero “arreglemos” en lo que
es Litoral Fluvial.
¡Cuantas
diferencia y cuantas semejanzas encontré entre aquellos
pioneros de las grabaciones y algunos recientes que
parecen no ser considerados por los opinólogos como
auténticos!... Terminé la noche escuchando a Tarragó e
Ivotí.
Al otro
día, mientras me seguía debatiendo con la pregunta, más
perturbado aún por la experiencia anterior decidí llamar
a un enólogo amigo y hacerle una visita por la bodega
para que me aclare el panorama y hacia allá partí.
Ni bien
entramos a la cava de la bodega donde prolijamente las
barricas añejaban el divino néctar me pidió que no
hiciera ruido y hablara en voz baja porque el vino
estaba reposando y las vibraciones que generan las ondas
sonoras interfieren en el proceso.
Silenciosamente probamos un cabernet Sauvignon con notas
tan complejas y armónicas que iban desde las especias
hasta los recios taninos dejando un final de boca
incomparable.
La
frescura del sótano, el entorno de las barricas con una
mezcla de perfume a roble en el ambiente, los anchos
muros, la penumbra del lugar, el silencio, la
majestuosidad y ese vino tan cuidado me hicieron sentir
cerca del cielo pero aún así, cuando me fui de la
bodega, no terminaba de dilucidar cuál era el mejor.
Esa
noche, ya en mi casa, me terminé de embriagar con
Montiel, Barboza, Rudy, Nini y me fui a dormir
tarareando una melodía de Franich que antojadizamente me
sonó a merlot.
A la
noche siguiente fuimos a cenar con otro matrimonio a un
restaurante especializado en vinos que hay aquí en
Mendoza y como el plato era una pasta con salsa roja y
carne pedimos un sirah muy particular, ideal para
acompañar tan suculenta comida.
La cena
fue tan amena y la pasamos tan bien, en un lugar tan
acogedor y en tan grata compañía, con tan buena atención
que en un determinado momento nos miramos y casi a coro
dijimos: ¡qué buen vino!.
Cuando
subimos al auto para regresar puse un cd de Bofill y
otro de Imaguaré que parecían haber armado un escenario
en el tablero del coche y sonar mejor que nunca con esas
maravillosas composiciones de Mario, de Tito, del
Gringo, de Julián…
Días
después, en una jornada muy especial tuve la oportunidad
de probar nuevamente los tres vinos en otro contexto
completamente distinto y me dije entusiasmado: ¡llegó el
momento!. Ahora vamos a ver cuál es el mejor.
Tan
distintos me supieron todos a lo que guardaba en mi
memoria sobre mi experiencia pasada con cada uno de
ellos que miré varias veces las etiquetas para comprobar
que no me había equivocado.
Cuando
llegué a mi casa comencé a bosquejar este relato que
tiene más una reflexión que una conclusión, pues creo
que lo definitivo jamás se dirá sobre el tema y la
reflexión es esta: ¿no será que todo tiene que ver con
la vivencia y la circunstancia?
El “vino
del contratista” en el corazón mismo de la bodega no
tenía la delicadeza ni las cualidades del gran cabernet,
pero a su vez este último bebido en el agobiante paisaje
del viñedo perdía toda su magia y también el sirah fuera
del contexto de la reunión y los platos tan bien servido
tampoco era el mismo, convirtiéndose en un vino más…
Mientras escribía fui alternando a Tránsito, Monchito
Merlo y Mateo… Confieso que me reconfortó mucho más la
música que la memoria de los vinos tomados
recientemente.
De allí
deduje que al igual que el chamamé, el vino se aprecia
de muy distintas maneras dependiendo de la circunstancia
en que se lo consuma y también deduje que las vivencias
que uno tenga son la forma en que nos predisponemos para
aceptar en menor o mayor grado algo.
¿Y del
chamamé qué?... Bueno el chamamé hay mucho para decir
también. Sobre todo de esa eterna y casi estéril
discusión sobre cuál es el tradicional y cuál no.
Por
empezar, muchos de aquellos que pretenden que hay un
chamamé tradicional y otro que directamente no lo es,
aún no han puesto ningún elemento de verdadero rigor
científico para determinar cuál y como debe ser el
chamamé, por ende, hasta que esos argumentos sólidos no
se pongan sobre la mesa difícilmente podemos hablar de
autenticidad o de “verdadero chamamé”… Que uno puede
sonarles mejor, más elaborado, más refinado, e inclusive
más acorde a sus propias vivencias está fuera de
discusión, pero pretender adueñarse de la verdad sobre
el chamamé y sin ningún rigor científico como respaldo
me parece más una temeridad que una posible proximidad a
la verdad sobre el tema.
Si nos
remitimos a que auténtico es aquello en lo que debe
creerse como cierto y verdadero por sus características
entonces todos los vinos son vinos y todos los chamamés
son chamamés, inclusive aquellos que no nos gusten.
Una cosa
más: desde que comencé a hacerme preguntas disfruto más
la búsqueda y el descubrimiento de nuevas pautas que el
sueño de llegar a una conclusión definitiva.